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Cruel por naturaleza

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“La guerra, por su naturaleza, es un fenómeno cruel” (Jorge Rafael Videla). Como todo el mundo quiere decir algo sobre la muerte del monstruo, siento presión por hacer como todo el mundo y decir algo. No me alegra que haya muerto de viejo en su celda, por algún resbalón en la ducha o en el inodoro, reivindicando lo actuado ante periodistas, por inercia inevitable de un final que siempre nos alcanza -e iguala- a todos. Tampoco me alegraría que antes de morir hubiese sufrido lo que sufrieron sus víctimas, porque nada de eso repararía el daño y el dolor causados en vida. Pero mucho menos me alegra que tres décadas después del fin de aquella dictadura se halle ausente, o perdida, o herida de muerte, o desaparecida, la cultura casi libertaria, bastante pluralista y más bien pacífica que nacía en los años 80 a una Argentina recién despierta de la pesadilla. Lo único que puedo hacer en este día (en esta noche) es recordar.

Empecé este libro pensando que era ficción

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“Empecé este libro pensando que era ficción pero resulta que el tal Néstor Sánchez existió y fue un escritor muy border”, escribe Matías Sapegno en su blog, donde publica un e-mail que le envié al respecto: “Me alegra que se lea como una novela porque Sobre Sánchez tiene ese componente, para sostener la cruza entre lo bio y lo autobiográfico, la narrativa y el ensayo, en un género que -siguiendo a Héctor Libertella- puede denominarse ‘transbiografía’.  Vos sabés que de mi novela Correrías de un infiel muchos creyeron al principio que el personaje de Manuel Baigorria -y sus Memorias- era ficcional: pues no, fue realmente existente y la investigación sobre su vida, rigurosa. Siempre trato que lo imaginario sea visible y delimitado en el texto por advertencias previas – ‘imaginé que, visualicé, aluciné’, etc”. Se lee por acá.

Crítica de la crítica de la crítica

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“Codificada por los deportes competitivos y el sensacionalismo mediático, cuando no por el militarismo autoritario, a la cultura argentina le encantan las listas y los rankings. Y aunque las formas de lidiar con la tradición, los pares y la sucesión son muchas, las más heroicas entre nosotros siguen siendo el parricidio, el fratricidio y el filicidio”, escribe Graciela Speranza en el semanario Otra parte. “Vengan de la gimnasia política o de tramas freudianas más arcanas, los cidios hacen escuela, vuelven visible, se aplauden. Tal vez podamos concebir otras formas del juicio sin retroceder medio siglo ni alimentar nuestras peores lacras”, concluye. La revista digital (e impresa) es consistente con esa expresión de deseos de “concebir otras formas del juicio”, abriendo su sección de discusiones a la convivencia de puntos de vista diversos, plurales, opuestos. El artículo de Speranza es respuesta a otro de Damián Selci que critica a Beatriz Sarlo en sus Ficciones argentinas. Y en la misma sección pueden encontrarse textos que abren otros debates, como aquel en donde Alejandro Rubio reflexiona sobre la reacción de Horacio González a la coronación de Bergoglio. La revista se lee entera por acá y el artículo de Speranza, ahí.

Tócala de nuevo, Sánchez

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Hay algunos pocos escritores de los que uno recuerda la primera vez que se los mencionaron, dice Ariel Idez en la presentación de Nosotros dos y Sobre Sánchez: Ojo, no la primera vez que se los leyó sino la primera vez que nos hablaron de ellos, como un remoto El Dorado más allá de estas o aquellas páginas. El primero que me inició en la Experiencia Sánchez fue el escritor Carlos Catuogno en el atardecer demorado de una terraza con pileta en la que yo trabajaba. Catuogno estaba releyendo “La condición efímera” y me contó sobre Sánchez: “Un Joyce argentino”, resumió, un genio de la lengua, un bailarín, un solista que lo tenía todo, todo, se entiende, para “triunfar”, para con-sagrarse pero se mandó mudar, se im-puso a sí mismo en el camino de una fuga interminable (“El arte de la fuga” es, cómo no, el título de una novela que se le escurrió al editor para dársela al fuego), se esfumó, desapareció de los lugares que solía frecuentar y volvió una noche –cuando todos lo daban por muerto– para pasar después de recorrer medio mundo en la casita de los viejos los últimos años de una vida que siempre se empeñó en comprobar cómo se le escurría entre los dedos. Yo estaba todavía en plan de forjarme un panteón así que salí corriendo a buscar lo que hubiera y me encontré esta novela y una leyenda sin plazos fijos que el tiempo hacía crecer en tamaño exponencial. Lee el resto de esta entrada